Ropavieja
Las chicas continuaron bailando y, contra todo pronóstico, los muchachos se comportaron de maravilla. Ya entrada la madrugada, se despidieron sin armar ningún escándalo. Alexei llamó a los vehículos para que fueran por nosotros.
KÉLOVA OILS
Manuel Velasco
10/6/20263 min read
Sonaba Big Talk y la vibra en el centro de la pista era genial. Irina se movía al ritmo de la música. Tenía los ojos cerrados y sus brazos parecían jugar con la luz azul que irradiaba desde el techo. El cabello suelto, las caderas despreocupadas. El momento era perfecto. Toda la pista parecía moverse como un solo cuerpo.
En ese momento, unos hombres intentaron acercarse a Irina, seguramente para bailar con ella. Los guardaespaldas los interceptaron enseguida.
—¡Hey! Guarda tu distancia, galán —dijo uno de ellos mientras colocaba una mano sobre el hombro de uno de los jóvenes.
Los muchachos se rieron e hicieron el amago de pasar por la fuerza.
—Te lo advierto —dijo Alexei, probablemente el guardia que llevaba más tiempo con nosotros.
Me acerqué a él y le hice una señal para que se calmara.
—Tranquilo, Alex. Solo quieren bailar. Confía en mí. Si algo no nos gusta, haré la señal que acordamos.
Alexei me miró con desconfianza, pero finalmente aceptó. Los chicos se unieron al grupo y comenzaron a bailar con Irina y sus amigas. Antes de apartarse, Alexei me hizo una señal que decía: «Recuerda avisarme». Sonreí y asentí.
Los chicos pidieron algunas cervezas y nos ofrecieron. Mi hermana aceptó una y comenzó a beber sin ningún reparo, tal vez como lo haría cualquier persona. Yo elegí una oscura, pero con el primer trago me di cuenta de que no era mi tipo de cerveza. La dejé discretamente sobre una mesa y me dirigí al baño. Alexei me siguió, naturalmente.
Me lavé el rostro con agua fría y revisé mi teléfono. No había nada más que notificaciones de redes sociales y correos electrónicos. Desbloqueé el celular y, por un momento, pensé en tomarme una fotografía para subirla a mis historias. Rápidamente me arrepentí.
Tomé dos toallas de papel y me sequé las manos. Después, bloqueé el celular y lo guardé en mi cartera. Me acomodé el vestido y arreglé un poco mi cabello. Honestamente, no estaba tan eufórica como mi hermana y sus amigas.
Salí del baño dispuesta a sumarme a la pista de baile.
Una vez allí, no logré conectar con los hombres que bailaban con las chicas, así que me senté y pedí una cerveza clara.
—Una cerveza clara, señorita. ¿Se le ofrece algo más?
—No, muchas gracias.
Tomé la cerveza, limpié con una servilleta las gotas que cubrían la botella y le di un trago.
Observé a mi alrededor. El lugar, además de latino, estaba claramente inspirado en Cuba. Alguna vez mi padre había viajado allí para participar en unas negociaciones. No recordaba bien de qué se trataban, pero creía que no habían terminado demasiado bien.
Las amigas de mi hermana me hacían señas para que me uniera a la fiesta, pero yo no estaba muy animada. Ver a Irina tratando de ocultar su tristeza mientras bailaba con unos completos desconocidos no era algo que me motivara a festejar.
Pobre. Era tan infeliz…
¿Por qué seguía pensando en la infelicidad de Irina? ¿Por qué quería sentir lástima por ella?
Mientras le daba vueltas al asunto, noté que uno de los meseros se acercaba con un plato pequeño. Parecía llevar algunos bocadillos.
—Se ve un poco abrumada. En la cocina quisieron obsequiarle esto, señorita.
—Muchas gracias. ¡Se ve delicioso! —respondí mientras le sonreía.
El muchacho me devolvió la sonrisa, me guiñó un ojo y se retiró tratando de disimular su expresión.
No tenía demasiado apetito, pero debo admitir que aquella comida se veía deliciosa. Eran pequeños bocadillos de carne entre pan y queso. En el plato había una banderilla que decía: «Ropa vieja».
Probé uno y me encantó. Cuando me di cuenta, me había comido los cinco bocadillos y bebido la mitad de la cerveza. Jamás había comido tanto en la calle.
Era una gran noche.
Las chicas continuaron bailando y, contra todo pronóstico, los muchachos se comportaron de maravilla. Ya entrada la madrugada, se despidieron sin armar ningún escándalo. Alexei llamó a los vehículos para que fueran por nosotros.
—¡Alexei! ¡Tengo un sándwich de ropa vieja para ti! —le dije con una emoción que ni siquiera yo comprendía.
Él sonrió y lo aceptó con gusto.
—Lo probaré en el desayuno. No me gusta demasiado la comida del hotel. Muchas gracias, señorita.
Subimos a los vehículos. Apoyé la cabeza contra el asiento y, antes de darme cuenta, me quedé dormida.